Siete siglos de fundación México-Tenochtitlan. Zócalo de la Ciudad de México.

Siete siglos de fundación México-Tenochtitlan. Zócalo de la Ciudad de México.

Buenos días a todas, a todos.

Nos reunimos hoy para conmemorar la herencia de Tenochtitlan y el legado que lleva en su corazón la historia de nuestro querido México.

Reconocer a Tenochtitlan no es hablar de un pasado muerto; es, por el contrario, hablar del pulso vivo que late bajo nuestra ciudad capital, pero también en nuestras palabras, nuestra comida, nuestras costumbres y, sobre todo, nuestra grandeza cultural y nuestra identidad.

#Nacionales.- Tenochtitlan fue mucho más que una ciudad majestuosa, fue un símbolo de organización, de poder, de ciencia, de arte y de visión. Fue el centro de un mundo indígena que supo construir un modelo de civilización propio, en armonía con la tierra, con los astros, con sus dioses y diosas.

Según la tradición mexica, su dios principal, Huitzilopochtli, les ordenó buscar un lugar donde verían una señal divina: un águila posada sobre un nopal devorando una serpiente, nuestro Escudo Nacional.

Este símbolo sagrado, que representa el cumplimiento de la profecía, fue visto en una isla en medio de un lago. Aquí, en este lugar aparentemente inhóspito, los mexicas que se trasladaron desde el mítico Aztlán decidieron establecer su ciudad, Tenochtitlan. Es así que aquí, en medio de las aguas del lago de Texcoco, nació una visión de fuerza, de fe.

Tenochtitlan se alzó como su origen, un águila sobre un nopal, tal como lo soñaron sus fundadores, obedeciendo la señal de los dioses.

Tenochtitlan fue belleza en movimiento. Desde lo alto de sus templos, los sacerdotes hablaban con los dioses. Desde sus mercados, el bullicio del comercio unía pueblos lejanos. Desde sus canales, las canoas deslizaban vida entre las chinampas, jardines flotantes que provenían el alimento de cientos de miles.

Era una ciudad de orden y arte, de poder y de poesía. Su arquitectura era exacta, como las estrellas. Y su gente, orgullosa. Todo tenía un propósito, una armonía: el maíz en los campos y en las chinampas, los códices en las manos de los sabios que guardaron la memoria, el guerrero que ofrecía su vida por mantener el equilibrio del universo.

Insisto: la grandeza de Tenochtitlan no fue solo su fuerza y su belleza, sino su alma; el espíritu indómito de un pueblo que emergió de la nada para crearlo todo, que convirtió una isla inhóspita en un imperio; que amó tanto a sus dioses y a su tierra y a sus ancestros, que fue capaz de ofrecer su corazón para que el sol siguiera saliendo todos los días.

Por eso, cuando los españoles llegaron en 1519, lo que encontraron no fue tierra vacía y lo que divulgaron después como supuesto “salvajismo”, sino lo que encontraron fue un imperio sólido, con leyes, lengua, escritura, medicina, formas de cultivo, ingeniería, cultura, conocimientos astronómicos. Lo que vieron en Tenochtitlan, sus templos, sus chinampas, sus mercados, su gente organizada, sus escuelas, los hizo pensar que estaban ante algo sobrenatural.

Y, sin embargo, en lugar de comprenderlo, decidieron aplastarlo. La caída de Tenochtitlan, en 1521, no solo significó la destrucción de una ciudad, fue también el inicio de un largo proceso de colonización que buscó borrar todo rastro de lo indígena: una nueva religión, una nueva cultura, impusieron una nueva lengua.

La Colonia no solo sometió los cuerpos, sino también quiso someter las mentes que perduraron por siglos.

Se buscó avergonzarnos de nuestro origen indígena como nación. “A pesar que ser indígena —lo decían ellos— era sinónimo de atraso, de ignorancia, de barbarie”, esa fue quizá la herida más profunda, una herida que estamos obligados como mexicanas y mexicanos a curar y a garantizar que se cure, porque fue alimentada por demasiado tiempo de discriminación.

Por eso, reivindicamos el hoy, el hoy que es el comienzo de esa cura con la Cuarta Transformación de la Vida Pública.

Y si la discriminación quiso marcar la historia, esa discriminación fue más dura, más profunda y más sistemática cuando se dirigió a las mujeres indígenas. A ellas no solo se les negó el poder político o económico, sino el derecho a hablar su lengua, a proteger su cuerpo, a ser reconocidas como personas con historia y con derechos.

La estructura colonial no desapareció con la Independencia, persistió en las formas de poder, en el racismo, en la exclusión de los pueblos originarios, en la marginación que aún hoy viven millones de mexicanas y mexicanos.

Se rebeló en diferentes momentos de la historia, en especial durante la Revolución Mexicana, pero prevaleció después por muchos años, en especial durante todo el periodo neoliberal.

El legado de Tenochtitlan, sin embargo, no fue vencido, vive en la resistencia silenciosa de los pueblos, en la lengua náhuatl que aún se habla, en el maíz que seguimos sembrando, en la medicina tradicional, en los rituales; en los nombres de nuestros cerros, nuestros ríos, nuestras calles, nuestros pueblos; en el nombre de nuestra patria, nuestro nombre: México.

Vive también en la sangre de quienes generación tras generación han llevado con orgullo sus raíces, porque México no nació con la llegada de los españoles, México nació mucho antes con las grandes civilizaciones que florecieron estas benditas tierras: los mayas, los zapotecos, los mixtecos, los purépechas, los mixtecos, todos los pueblos originarios.

Tenochtitlan, por ello, fue y sigue siendo símbolo de ese México profundo, milenario y resistente.

Hoy, más de 500 años después de aquella invasión, la Cuarta Transformación mira de frente y con orgullo a nuestra historia, no para dividir, sino para comprender; no para odiar, sino para sanar la memoria. Y en ese proceso, en ese esfuerzo por recuperar nuestra raíz, la Cuarta Transformación que inició con fuerza y tesón el pueblo de México, ha abierto un nuevo capítulo.

No es casual que uno de los pilares fundamentales sea el reconocimiento de los pueblos originarios. Por primera vez, el Gobierno de México ha puesto en el centro a quienes fueron históricamente relegados. Por primera vez, se ha reivindicado su lugar, su tierra, su agua, su cultura, su palabra, sus derechos elevados al rango constitucional; y ha otorgado perdón, por atrocidades del pasado a los pueblos mancillados, reconociendo la profundidad de la palabra “justicia”.

Los gobiernos que tienen el valor de pedir perdón por las atrocidades del pasado que marcaron su historia no se debilitan; se reconcilian consigo mismo y crecen con una libertad que solo otorga la verdad profunda.

Por ello, la Cuarta Transformación no es solamente un proyecto económico o político; es, sobre todo, un proyecto de dignidad, un proyecto que reconoce que no puede haber justicia verdadera, si no empezamos por saldar la deuda histórica con los pueblos indígenas.

Que no puede haber democracia real, si se excluye la voz de quienes llevan siglos resistiendo.

Y que no puede haber identidad nacional, sin reconocer y dar su lugar al profundo y orgulloso rostro indígena de México, su esencia y su grandeza cultural.

Recuperar el legado de Tenochtitlan no significa vivir en el pasado, significa reconocernos en él; significa entender que lo somos hoy, nuestra forma de hablar, de comer, de mirar al mundo está profundamente marcado por esa historia, y que solo podremos avanzar como nación si caminamos con esa memoria, con ese orgullo, con esa fuerza.

Por ello, debemos entender que erradicar el racismo no es una opción, es una necesidad y una obligación para construir una sociedad justa, incluyente y digna para todas y para todos.

Hoy, Tenochtitlan no solo vive en las piedras del Templo Mayor, en el Calendario Azteca, en la gran imagen de Tláloc o en la piedra labrada con la Coatlicue; vive en los barrios de Iztapalapa, en los pueblos de Tlalpan, en las mujeres que enseñan la lengua a sus hijos, en los jóvenes que levantan la voz contra el racismo, en los campesinos que aún siembran como lo hacían sus abuelos; vive también en el corazón de un México que ha decidido no olvidar.

Por eso, el legado de Tenochtitlan no es ruina ni nostalgia; es semilla, es esperanza. Una semilla que sigue brotando, que sigue luchando; que sigue enseñándonos que la historia no se borra, que la raíz no se niega, y que el verdadero futuro solo puede construirse si abrazamos con valentía todo lo que fuimos y todo lo que somos.

Quien no recuerda sus raíces camina sin sombra ni rumbo. La memoria es semilla: si no se cuida, no florece. Para saber a dónde vamos hay que escuchar de dónde venimos. Porque el origen no es pasado muerto, es una brújula viva.

Por ello, a todas las mexicanas y mexicanos de todas las raíces nos une el deber de honrar a los pueblos originarios, reconocer nuestro legado de grandeza, amar esta tierra sagrada que nos vio nacer o que nos acogió, y sentir con orgullo profundo que somos parte de una patria milenaria y viva.

Por ello, decimos fuerte y lejos: ¡Mientras exista el mundo no acabará la fama y la gloria de México-Tenochtitlan!

¡Que viva Tenochtitlan!

ASISTENTES: ¡Viva!

PRESIDENTA DE MÉXICO, CLAUDIA SHEINBAUM PARDO: ¡Que vivan los pueblos originarios!

ASISTENTES: ¡Viva!

PRESIDENTA DE MÉXICO, CLAUDIA SHEINBAUM PARDO: ¡Que viva el México profundo!

ASISTENTES: ¡Viva!

PRESIDENTA DE MÉXICO, CLAUDIA SHEINBAUM PARDO: ¡Que viva para siempre y por siempre nuestro querido México!

ASISTENTES: ¡Viva!

MODERADOR: A continuación, observaremos un breve recorrido de los pasajes más emblemáticos de la migración del pueblo azteca, desde su salida del mítico Aztlán, “lugar de las garzas, lugar de blancura”, hasta el encuentro de la señal prometida por su dios Huitzilopochtli: un águila posada sobre un nopal en el sitio donde se habría de erigir México-Tenochtitlan; que con la vitalidad de sus habitantes y pobladores, ya como mexicas, se transformaría en la más grande y magnífica ciudad hasta entonces conocida.

838 integrantes del Ejército, Fuerza Aérea y Guardia Nacional realizarán la escenificación histórica “Siete siglos de Legado de Grandeza de México-Tenochtitlan 1325-2025”.

(ESCENIFICACIÓN “SIETE SIGLOS DE LEGADO DE GRANDEZA DE MÉXICO-TENOCHTITLAN 1325-2025”)

MODERADORA: Victoria entrega a la Presidenta de los Estados Unidos Mexicanos y Comandanta Suprema de las Fuerzas Armadas el “Topilli de Mando”, que en sus manos encarna el bastón plantador, por el cual habrán de brotar de esta vigorosa y legendaria tierra nuevos horizontes de desarrollo para confirmar el majestuoso destino de México en el mundo.

(ENTREGA DE “TOPILLI DE MANDO”)

MODERADORA: Para finalizar esta ceremonia conmemorativa a los “Siete Siglos de Legado de Grandeza de México-Tenochtitlan 1325-2025”, escuchemos el Himno Nacional en lengua náhuatl, interpretado por la Banda de Música y el Coro de la Secretaría de la Defensa Nacional con el Coro Kuikani, de niñas y niños del Centro Cultural Ollin Yoliztli.

A nuestros invitados les pedimos respetuosamente colocarse en posición de firmes.

(HIMNO NACIONAL EN LENGUA NÁHUATL)

MODERADORA: La Presidenta de México, Doctora Claudia Sheinbaum Pardo, realizará el corte de listón inaugural del Memorial México-Tenochtitlan, Siete Siglos de Legado de Grandeza.

La acompañan:

El doctor Jesús María Tarriba, esposo de la Presidenta de México.

MODERADOR: General Ricardo Trevilla Trejo, secretario de la Defensa Nacional y alto mando del Ejército, Fuerza Aérea y Guardia Nacional.

MODERADORA: Almirante Raymundo Pedro Morales Ángeles, secretario de Marina y alto mando de la Armada de México.

MODERADOR: Licenciada Clara Brugada Molina, jefa de Gobierno de la Ciudad de México.

MODERADORA: Licenciada Rosa Icela Rodríguez Velázquez, secretaria de Gobernación.

MODERADOR: Licenciado Adelfo Regino Montes, director general del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas.

MODERADORA: Y la licenciada Rita María Romero Bermejo, invitada especial del Consejo Nacional de Pueblos Indígenas.

Invitamos a todas y todos los presentes a ayudarnos a contar. ¿Listos?

Cinco, cuatro, tres, dos, uno.

(CORTE DE LISTÓN INAUGURAL)

MODERADOR: En estos momentos la Presidenta de México se dirige al presídium para dar inicio con la ceremonia conmemorativa a los Siete Siglos de Legado de Grandeza de México-Tenochtitlan 1325-2025.

MODERADORA: Damos inicio a esta ceremonia con los honores a la Presidenta Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos y Comandanta Suprema de las Fuerzas Armadas.

(HONORES)

MODERADOR: En este año que en conmemoramos Siete Siglos de Legado de Grandeza de México-Tenochtitlan, recordamos también con profundo respeto que 2025 ha sido declarado “Año de la Mujer Indígena”, en el que se reconoce la invaluable aportación de las mujeres de los pueblos originarios, herederas de la sabiduría ancestral que han mantenido vida la esencia de nuestra identidad.

MODERADORA: Preside esta ceremonia la Presidenta Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos y Comandanta Suprema de las Fuerzas Armadas, Claudia Sheinbaum Pardo, acompañada de su distinguido esposo, doctor Jesús María Tarriba.

MODERADOR: Les acompañan:

El presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Senadores.

MODERADORA: Maestras, maestros, niñas y niños de escuelas primarias y secundarias de la Ciudad de México.

MODERADOR: Niñas y niños de grupos PILARES, Utopías y del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia de la Ciudad de México.

MODERADORA: Jefa de Gobierno de la Ciudad de México.

MODERADOR: Integrantes del Gabinete Legal y Ampliado del Gobierno de México, así como de la Oficina de Presidencia.

MODERADORA: Representantes de los pueblos originarios.

MODERADOR: Invitadas especiales del Consejo Nacional de Pueblos Indígenas y del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

MODERADORA: Medios de comunicación y quienes nos siguen por internet a través de redes sociales.

Reciban todas y todos la más cordial bienvenida.

MODERADOR: Hace uso de la palabra la licenciada Clara Brugada Molina, jefa de Gobierno de la Ciudad de México.

JEFA DE GOBIERNO DE LA CIUDAD DE MÉXICO, CLARA BRUGADA MOLINA: Buenos días a todas y todos.

Saludamos con mucho cariño a la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. Gracias por llevar a cabo esta gran conmemoración y por invitarnos, por invitar a su pueblo.

Saludamos a las niñas, niños, representantes de los pueblos originarios de la Ciudad de México.

Y también a los PILARES y las Utopías, que participan.

Saludamos a todo el Gabinete, Gabinete Ampliado de la Presidencia.

Estamos aquí queriendo el día de hoy saludar a las cuatro direcciones; así como a tantas y tantos que han llegado hoy, mujeres y jóvenes, hombres, niñas, niños, ancianos, macehuales que han sido protagonistas de grandes transformaciones en esta Ciudad.

Saludo también a los que han estado preparando este evento desde hace mucho tiempo.

A los que vienen emulando a las peregrinaciones después de incontables jornadas para celebrar una cita con nuestra historia.

Hoy es un día glorioso, conmemoramos 700 años occidentales de la fundación de México-Tenochtitlan.

Por un momento quiero invitar a todas y todos los presentes a imaginarse en la mitad de una gran laguna que se extiende hasta las lejanas faldas de un círculo de montañas. Bajo nuestros pies hay un islote hecho de piedra que apenas sobresale a la superficie. Desde aquí, si miran hacia el sur, pueden ver un nopal cuyas raíces penetran profundamente en la tierra y de cuyas pencas nacen profusas tunas y espinas.

Hoy es el día, como hace 700 años, en que el sol vuela como una inmensa y poderosa águila sobre la cuenca de México. Es el momento preciso en que esa poderosa ave mensajera de Huitzilopochtli se detiene radiante y majestuosa, iluminando sin límite, todo el espacio de esta amorosa y fértil cuenca como una olla luna en cuyo ombligo surge la vida.

Este es el momento mítico que conjuntó la maravilla de la naturaleza iluminada por un eclipse, el afán de existir del pueblo Mexica y el legado cultural de toda la civilización mesoamericana en una sola, compleja y entrañable señal: al águila que se posa sobre el nopal emergido sobre la roca, nacido del corazón de un héroe vencido y nutrido por un manantial que daba dos géneros de agua.

Eso vieron los hombres y las mujeres chichimecas que venían de Aztlán hace 700 años. Esta escena marcó el fin de una larga peregrinación y el comienzo de una civilización destinada a trascender el tiempo.

Este encuentro fue tallado sobre una de las esculturas más significativas del pueblo mexica: el Teocalli de la Fundación, o de la Guerra, cuya representación monumental la vamos a poder admirar muy pronto en este lugar. En ella viene tallada una fecha mítica, el Año 2 Casa, es decir, 1325, hace 700 años.

Aquí florecieron y construyeron una de las culturas más grandes y asombrosas del mundo antiguo. Nuestra Ciudad de México-Tenochtitlan fue el hogar de un pueblo heredero de los saberes milenarios, de las civilizaciones que existieron antes de ellos. Heredaron el cálculo de las estrellas, la cuenta de los días, el conocimiento preciso de la arquitectura, la construcción, la confección de telas y plumas, y la agricultura sobre chinampas que todavía tenemos en esta gran Ciudad.

La ciudad que construyeron fue prodigio de ingeniería, de organización, de arte y dominio. Quienes la vieron en su apogeo quedaron maravillados. Sus calzadas flotantes, sus templos que tocaban el cielo, sus chinampas fértiles, sus mercados rebosantes, nunca han vuelto a verse. Por eso, la gloria de Tenochtitlan sigue intacta.

Las piedras con que se erigieron los edificios coloniales de “La Ciudad de los Palacios” provienen de las construcciones aztecas. Las manos y brazos que las levantaron y las tallaron eran de nuestros abuelos mexicas.

Tenemos que recordar siempre que esta gran Ciudad, que aquí en este glorioso Zócalo tenemos cimientos, encontramos aquí abajo la gran civilización mexica.

700 años después, el legado mexica sigue vivo. Los saberes ancestrales, la cosmovisión que honra la tierra, el agua, el Sol y el viento nos siguen hablando. Viven los pueblos originarios en esta gran Ciudad.

Y la ciudad que emergió del agua se convirtió en la capital de una nación que jamás aceptó el yugo de otro pueblo y que a lo largo de su historia ha defendido su libertad. Una nación cuyo emblema sigue siendo un águila solar parada sobre un nopal devorando una serpiente, como lo vieron hace 700 años nuestros ancestros.

Los mexicanos actuales somos herederos del patrimonio de aquellos que fundaron esta ciudad, cumbre de la civilización mesoamericana. Y hoy con este acto, 700 años después, a más de 13 ataduras, de 52 ciclos, honramos la memoria de las mujeres y hombres que la fundaron.

Hoy, en la Fundación de los 700 años, hacemos un homenaje a los maravillosos héroes y heroínas que resistieron y defendieron esta ciudad.

¡Que viva Moctezuma!

¡Que viva Cuitláhuac!

¡Que viva Cuauhtémoc!

¡Y que viva la mujer Tecuichpo!

¡Y a toda la grandeza de hombres y mujeres que dieron la vida por esta ciudad!

Y también hacemos homenaje a las deidades mujeres, a las diosas mujeres que acompañaron a este pueblo y a su grandeza cultural. Y hoy decimos a 700 años:

¡Que viva la Coatlicue!

¡Que viva la Coyolxauhqui!

¡Y que viva la Tlaltecuhtli!

Quiero cerrar con las palabras de la crónica mexicana sobre México-Tenochtitlan. Nunca se perderá, nunca se olvidará lo que vinieron a hacer.

Su renombre, su historia, su recuerdo, así, en el porvenir, jamás perecerá, jamás se olvidará. Nosotros, hijos de ellos, quienes tenemos su sangre y su color, lo vamos a decir y lo vamos a comunicar a quienes todavía vivirán y habrán de nacer: los hijos de los mexicanos, los hijos de los tenochcas.

¡Mientras exista el mundo, vivirá por siempre la gloria de México-Tenochtitlan!

MODERADORA: La arqueóloga Lorena Vázquez Vallín, investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia, hará uso de la palabra.

INVESTIGADORA DEL INSTITUTO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA E HISTORIA, LORENA VÁZQUEZ VALLÍN: Buenos días, Presidenta, Doctora Claudia Sheinbaum Pardo.

Jefa de Gobierno, Clara Brugada.

Secretaria de Cultura, maestra Claudia Curiel de Icaza.

Antropólogo Omar Vázquez, director del INAH.

Y al honorable presídium y público que nos acompaña el día de hoy.

La historia de fundación de Tenochtitlan está envuelta en una rápida mítica, donde se conjugan el tiempo-espacio de los dioses con el de los seres humanos.

Los códices y las fuentes históricas del siglo XVI narran la historia originaria que los mexicas eligieron contar al mundo:

Se dice que salieron del mítico Aztlán y, tras una migración llena de vicisitudes, encontraron en una pequeña isla, en medio del lago de Texcoco, la tierra que les había sido divinamente prometida. Al llegar a ella, todo alrededor se tornó en una total blancura. Los sauces, las cañas, los tules, las ranas, los peces, todo a semejanza de la mítica Aztlán.

También contarán que Huitzilopochtli, su dios tutelar, les había indicado el lugar preciso donde debían de establecer su templo y en torno a él trazar la gran ciudad, a fin de convertirse en el imperio más poderoso jamás conocido en esta latitud.

El portento del águila sobre un nopal con el que la divinidad reveló ante sus ojos el sitio elegido parece haber ocurrido en un Año 2 Casa, 1325, así lo sugiere el Teocalli de la Guerra Sagrada, escultura mexica encontrada bajo los cimientos de nuestro Palacio Nacional y cuya réplica ha instruido colocar en esta Plaza la Presidenta de la República para acercarla al conocimiento de las y los mexicanos.

Tenochtitlan, en verdad, llegó a ser el sueño prometido, comenzó siendo el pequeño asentamiento de un pueblo de vasallos mexicanas sometidos por los tepanecas de Azcapotzalco hasta convertirse en una magnífica ciudad anfibia emplazadas sobre aquel pequeño islote primigenio que sus habitantes ampliaron.

La urbe alcanzó una extensión de más de 13 kilómetros cuadrados y 250 mil habitantes. Se edificó con tal perfección que cuando los soldados ibéricos recién llegados de ultramar la conocieron, dijeron que lo que veían con sus ojos no lo podían comprender con el entendimiento.

La metrópoli estaba conectada a tierra firme mediante un complejo sistema de calzadas elevadas sobre el lago, con puentes y compuertas que, además de comunicar a las personas con las poblaciones de la zona lacustre, regulaban el paso del agua y contenían el agua salina del lago de Texcoco.

La ciudad destacaba por su impresionante organización urbana trazada con una profunda carga simbólica.

En el centro se levantaba el recinto sagrado, un espacio que albergaba 78 templos, entre los cuales se hallaba el centro del mundo: el Templo Mayor dedicado a Tláloc, el dios de la lluvia, y Huitzilopochtli, sol naciente y dios de la guerra.

La urbe estaba dividida en cuatro parcialidades dispuestas alrededor de este espacio sagrado, siguiendo los rumbos del universo.

Había 80 barrios con sus templos, escuelas y mercados. Las casas comunes de las familias tenochcas eran de una sola planta y se construían sobre una chinampa que también tenía espacio para cultivar la milpa para el autoconsumo.

En el centro, la nobleza habitaba lujosos conjuntos palaciegos, que incluían jardines y tomas de agua directas; entre ellos, destacaba el huey tlatoani, gobernante supremo y divino.

Los nobles se dedicaban al gobierno y la administración. Y los habitantes trabajaban arduamente en oficios especializados, tales como orfebres, lapidarios, alfareros, dentistas, comerciantes, médicos o barberos.

La educación en Tenochtitlan era integral: los niños joven nobles asistían al Calmécac donde se formaban como futuros gobernantes y sacerdotes; el resto de los niños acudían al Telpochcalli, donde se entrenaban en habilidades militares y agrícolas.

Las niñas, por su parte, aprendían de sus madres las labores domésticas: el hilado y el tejido.

Los mexicas se abastecían en los múltiples mercados de la ciudad, siendo el que estaba en este Zócalo uno de los principales; sin embargo, el más grande y concurrido era el de Tlatelolco, ciudad hermana al norte de la capital.

La variedad de productos y servicios que los mercaderes ofrecían era inmensa, había alimentos como: calabazas, jitomate, mamey, maíz, aguacate, pescados, aves, insectos; igualmente, había mantas y yerbas medicinales, pieles, tamales o dulcecitos de miel con nueces, todo en un ordenado y bullicioso sistema comercial.

Tenochtitlan se alió con las ciudades de Texcoco y Tlacopan para formar la Triple Alianza, una confederación que les permitió hacerse de un gran imperio. Unido, dominaron un territorio con hasta 370 pueblos sujetos, y que abarcaba desde la región tarasca hasta la actual frontera con Guatemala, y de costa a costa. Las provincias sometidas entregaban riquísimos tributos en especie, lo que le generó gran riqueza al imperio.

Los mexicas heredaron de civilizaciones como Teotihuacán una sofisticada tradición urbanística y arquitectónica ligada a la astronomía y al pensamiento religioso.

Los arquitectos mexicas trazaron Tenochtitlan de forma que fenómenos como los solsticios, equinoccios, el inicio de las lluvias o los días del paso cenital del sol estuvieran indicados por la posición del Templo Mayor, y sus alineaciones con este astro en el paisaje a lo largo del año. Esto les permitía llevar un cómputo del tiempo preciso.

Uno de estos fenómenos claves era el día del paso cenital del sol, cuando el astro pasaba verticalmente sobre la ciudad, como ocurre alrededor del día 26 de julio.

La antigua Tenochtitlan fue una creación monumental, donde arquitectura, ingeniería, astronomía, política y religión se unieron para materializar la cosmovisión del pueblo mexica. Su grandeza quedó inscrita en la palabra de sus antiguos poetas, como en estos versos de los Cantares mexicanos:

“Tenedlo presente, oh príncipes, no lo olvidéis. ¿Quién podrá sitiar a Tenochtitlan? ¿Quién podrá conmover los cimientos del cielo? Con nuestras flechas, con nuestros escudos, está existiendo la ciudad. ¡México-Tenochtitlan subsiste!”.

Gracias.

MODERADOR: Atendamos la lectura al Testamento de Tecuichpo, en la voz de la actriz Mercedes Hernández.

ACTRIZ MERCEDES HERNÁNDEZ: Yo soy Tecuichpo Ixcaxochitzin. Soy la flor blanca, soy la flor primogénita de mi señor Moctezuma Xocoyotzin, y de la señora de Tezalco, mi madre, Tayhualcan. Nací 2 años después de xiuhmolpilli, “la atadura de los años”, encabezada por mi padre en 1507.

Acompañé a mi padre cuando nuestros dioses comenzaron a alejarse.

Me horrorizó la matanza de Tóxcatl y vi con propios ojos la violenta muerte de mi padre y señor. Me escapé. Me rescataron y unieron al gran Cuitlahuatzin, el victorioso.

Lloré su muerte por cocoliztli, la peste. Y fui también esposa del gran Cuauhtemotzin, el resistente y valeroso Cuauhtemotzin.

Tras su injusto e innoble ahorcamiento en Las Hibueras, el conquistador me violentó, fui un objeto para él y para los hombres que designó como mis maridos.

Sujeta a las leyes y a las costumbres de los invasores, fui nombrada “Isabel” en honor de la reina católica de Castilla y me apellidaron con el honorable nombre de mi padre, Moctezuma. Y como tal, viví bajo los conquistadores.

Al sentir que mi tiempo se termina aquí, en el Tlalticpac, aquí en la tierra, estoy testando como sigue.

Yo, doña Isabel Moctezuma, mujer legítima que soy de Juan Cano, mi señor y marido, vecina de esta gran ciudad de Tenochtitlan, de esta Nueva España, estando enferma del mal y enfermedad que Dios nuestro Señor ha sido servido a medar, y en mi buen seso y juicio y entendimiento natural, con licencia y facultad, y expreso con sentimiento que demando al dicho Juan Cano, mi señor y marido que presenta ésta, si de derecho conviene y es necesario, para que por mí misma pueda hacer y otorgar esta escritura de poder según que en ella será contenido:

Quiero y mando y es mi voluntad que todos los esclavos indios e indias naturales de esta tierra, que el dicho Juan Cano mi marido y yo, tenemos por nuestros propios, por la parte que a mí me toca, sean libres de todos servicios y servidumbres y cautiverios. Y como personas libres, hagan de sí su voluntad. Porque yo, yo no los tengo como esclavos. Y en caso de que lo sean, quiero y mando que sean libres.

Tecuichpo firmó su testamento el 11 de julio de 1550. Y este documento se considera como el primer acto de emancipación de la esclavitud registrado en América, en América y el mundo; y ello, constituye un profundo e irrefutable legado de grandeza de parte de la gran Tecuichpo, “la señora libertaria”.

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